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El origen del campero malagueño

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El origen del campero malagueño

¿Qué tiene este bocadillo que a todo el que lo ha probado en Málaga le entusiasma?. Pero, ¿quién inventó los camperos?.

José Antonio Gutiérrez, que regentó durante 28 años y hasta su cierre Los Paninis, el local que se autoproclama inventor del popular bocadillo, cuenta los orígenes -cuando llevaba incluso mostaza- y su exitosa trayectoria

Corría la recta final de la década de los 70 en Málaga. El ocio giraba, por entonces, en torno a los estrenos y a las taquillas de las bulliciosas salas de cines abiertas: Astoria, Victoria, Albéniz, Andalucía, Zayla… ¿El plan perfecto por aquella época? Ver una película y desgranar el argumento y sus personajes degustando un bocadillo -ya fuera vegetal, de pollo o el famoso bikiqui-, un perrito caliente, una hamburguesa o un bocata marinero (de esos que llevaban tortilla, mahonesa y anchoas). También estaba de moda en el entorno cofrade uno de anchoas con foie gras y queso crema con anchoas. En ese marco, y al calor del éxito de los grandes clásicos como ‘Star Wars: Episodio IV – Una nueva esperanza’, ‘Rocky, ‘Fiebre del Sábado Noche’ o ‘King Kong”; en el número 55 de la calle Victoria de la capital abría sus puertas el 12 de octubre de 1977 Los Paninis que poco después se mudaría al local del número 57 de la misma calle donde permaneció hasta sus últimos días. En este mítico local, aseguran sus propietarios, arrancó la exitosa e imparable carrera del campero malagueño, sin duda una seña de identidad de la gastronomía malagueña. Lo inventó Miguel Berrocal Márquez, el suegro en aquel momento de José Antonio Gutiérrez.

José Antonio Gutiérrez recogió el testigo del negocio en 1985 hasta que bajó la persiana del cierre hace ya años. Fueron los precursores, los inventores del primer campero malagueño.

Ese tipo de comida rápida estaba de moda y su exsuegro decidió innovar proponiendo a la clientela un bocadillo diferente. Inicialmente quiso poner un mesón aunque su mujer lo hizo desistir en su empeño: tuvo ojo para adaptar el negocio a la demanda de los usuarios cinéfilos del momento. Estuvieron un mes comiendo bocadillos hasta dar con la fórmula del campero.

Miguel lo bautizó con el nombre de campero por el uso de ingredientes del campo. Aunque en la actualidad hay muchas versiones, el bocadillo original llevaba tomate natural, lechuga, queso, jamón, mahonesa, ketchup y mostaza.

Además de los ingredientes de calidad, el éxito del campero también se basaba en el tipo de pan usado. Medía unos 25 centímetros de diámetro y se encargaba semihecho para terminar de hacerse en las planchas tipo grill que se usaban en Los Paninis. Casi toda la trayectoria del local el pan lo suministró la panadería El Molinillo, ubicada en Duque de Rivas.

Ya en la decada de los 80, la demanda por este bocadillo estallaba. Los clientes empezaron a pedirlo en otros locales que, poco a poco, comenzaron a incluirlo en sus cartas y a añadirles otros ingredientes. Al principio a los propietarios de Los Paninis les molestaba mucho verlo en otros locales. Pero nunca registraron la autoría del campero y con el tiempo lo asumieron.

En esos inicios los clientes de Los Paninis comían de pie apoyando su comida y bebida en unos barras que, con el tiempo, se transformaron en mesas. Y comenzaron a abrir el abanico de camperos con más ingredientes. El públic lo demandaba con otros ingredientes. ¿El secreto del éxito?. Su precio asequible y su sabor, ya que, además de usar una buena materia prima, también dieron con un buen bocadillo.

El campero empezaba a emigrar como la pólvora a los locales de comida rápida de toda la capital y a otros rincones de la provincia. Comenzaba su época dorada, que Gutiérrez situaría desde los 80 hasta al año 2000, aproximadamente. Con la llegada de los McDonald’s, las pizzerías y el cierre progresivo de los cines, la fiebre del campero empezó a diluirse aunque nunca llegó a desaparecer. Ni mucho menos. El tipo de ocio empezó a cambiar y también llegaron los kebabs y otros establecimientos haciendo una feror competencia. Aún así sigue teniendo tirón.

En la recta final de la historia de Los Paninis varios factores precipitaron su cierre. En primer lugar, el fin de la renta antigua que complicaba su continuidad en el mismo local. También la situación personal y de salud que atravesó José Antonio que, con una discapacidad, ya no podía hacerse cargo del negocio. Sus hijos mayores, Raúl y Rocío, estuvieron al frente hasta sus últimos días (finales de 2013). Los mismos que emprendieron caminos alejados de la hostelería. Pese a ello, José Antonio no descarta que, algún día, Los Paninis vuelva a servir sus suculentos camperos, aunque ya no se podría al frente.

Fuente: Diario Sur.

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