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Necrópolis de Trayamar en Algarrobo

Necrópolis de Trayamar en Algarrobo

Uno de los lugares funerarios con que contaban los poblados coloniales fenicios ubicados en las desembocaduras de los ríos Vélez y Algarrobo es Trayamar, una de las necrópolis más importantes del Mediterráneo occidental. Este cementerio, construido siguiendo patrones arquitectónicos orientales, sirvió para alojar los restos incinerados de los miembros de la élite local, posiblemente adinerados comerciantes del vecino poblamiento de Morro de Mezquitilla.

La Necrópolis de Trayamar es el complejo de tumbas paleopúnicas más importante del Mediterráneo occidental. Los restos arqueólogicos hallados datan del siglo séptimo antes de Cristo. Son un conjunto de tumbas en cámaras subterráneas levantadas con sillares de magnífica traza. Las joyas y demás piezas que conformaban el ajuar de las tumbas se encuentran en el Museo Arqueológico Provincial de Málaga, junto a una reconstrucción a escala de cómo debió ser la tumba.

RESTOS ARQUEOLOGICOS.- Precisamente, es en el Morro de Mezquitilla donde se han encontrado las primeras evidencias de asentamientos urbanos en el término, que datan de la Edad del Bronce. Pero los yacimientos arqueológicos más interesantes se encuentran ubicados en la Necrópolis de Trayamar, compuesta por un conjunto de tumbas que se extiende desde la finca Trayamar hasta un cerro cercano.

Entre el ajuar funerario de Trayamar destaca el conocido como el «Medallón de Trayamar». Se trata de un medallón de oro de 25 mm con motivos egiptizantes, en el que se han aplicado las técnicas del repujado y granulado. La escena consiste en un saliente de tierra (onfalos) del que salen dos cobras (Uraeus), en cuyas cabezas se posan dos halcones. Sobre ellas hay un Horus con las alas abiertas que tiene bajo sus pies un sol y un creciente lunar (símbolo de Tanit). El enganche tiene forma de carrete de hilo. El medallón fue encontrado en el estrato de las inhumaciones de la tumba IV y se encuentra expuesto, junto al resto de joyas del ajuar, en el Museo Arqueológico Provincial de Málaga.

Fue en la misma zona en la que el impresor Bernabé Fernández Canivell, figura satélite de la generación del 27 y responsable de la revista Caracola, pasearía por las mañanas de verano con un pedazo de pan y la cabeza aporreada por poemas. Una finca de apariencia tropical, inundada de verde, en cuyos alrededores se advertían  unas piedras extrañas, colocadas con esa dejadez ruinosa con la que sobreviven las huellas humanas en el campo.

Bernabé, hombre de oficio e ilustrado, hijo del inventor del Ceregumil, tenía un hermano, Ramón, muy ligado a esa tierra, a la casa de Algarrobo. Y que por una mezcla sabiamente dosificada de sensibilidad y azar acabaría por desempeñar un papel fundamental en uno de los yacimientos fenicios más enjundiosos de la vertiente occidental del Mediterráneo. La serendipia, el hallazgo casual, no sólo se da en los laboratorios. En el caso de Toscanos y Trayamar, la cadena es compleja, y se enhebra en una trama sinuosa que incluye a Fernández Canivell, pero también a las obras e, incluso, a un alemán antisemita, el profesor Schulten, enamorado del mundo clásico.

Schubart y Niemeyer se dedicaron a explorar los alrededores hasta 1984. Con dinero y tecnología alemana, sin descartar nuevas hipótesis. Y bregando en muchas ocasiones con lo peor del pueblo español, su tendencia a la destrucción, el desinterés de las administraciones. La actitud de Fernández Canivell y de otros propietarios contrasta, por ejemplo, con la de los dueños del terreno en el que fue localizado uno de los cinco hipogeos, el número 4, que fue masacrado a conciencia y sin compasión, a pesar de contar ya en ese momento con el aval y el interés declarado de los investigadores. Un golpe de infamia que, sin embargo, no resta brillo a la historia del yacimiento, que sigue siendo de capital importancia, tanto en España como en Europa.

Fue necesario que Schulten, con más pasión que método, acudiera en busca de indicios grecolatinos, de la brumosa y legendaria Mainake. Y, sobre todo, que el tren de Málaga a Zafarraya rajara como a un pavo a la colina. Un corte, practicado a principios del pasado siglo, que sirvió para sacar a flote una abigarrada colección de piezas. Griegas, sí, pero también fenicias, circunstancia que décadas más tarde, y tras el fracaso de Schulten, despertarían la curiosidad del Instituto Arqueológico Alemán y de los especialistas Hermanfrid Schubart y Hans Georg Niemeyer, que se lanzaron a una campaña profesional, con numerosas etapas y expediciones. De momento, está casi todo por hacer. Falla la conservación, la visibilidad turística. Y ni siquiera existe un plan para convertir en públicos el conjunto de los terrenos en los que se encuentran los restos. El esfuerzo de las administraciones, especialmente del Gobierno, de la Junta y de la Diputación, sigue siendo muy escaso. Únicamente los ayuntamientos de Algarrobo y Vélez Málaga, con recursos limitados, se han preocupado por una tarea cuya magnitud corresponde por presupuesto a instituciones de mayores posibilidades económicas.

Cómo llegar

Tanto por la autovía del Mediterráneo como por la antigua N-340, que va bordeando la costa, se llega a Algarrobo, tomando previamente el desvío hacia la carretera A-6203, que está perfectamente señalizado.

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