La mejor web sobre Málaga

Hemingway y Brenan en La Cónsula

Era el verano de 1959. El autor de Muerte en la tarde andaba metido en faena por aquellas carreteras secundarias de España en busca de las tardes de gloria de Dominguín y su amigo Antonio Ordóñez. Perseguía el desenlace de ese duelo en la arena que llamaría El verano peligroso, como acudió a guerras y a todo aquello que despertara pasiones encontradas. Quizá ya también desencontrándose consigo mismo muy poco tiempo antes de descerrajarse un tiroel 2 de julio de 1961.

En aquel ir y venir por la piel de toro ‘Ernesto’ recaló en La Cónsula, en Churriana, no muy ajena ni lejana para él de la Ronda de su amigo Ordóñez. En aquella vieja mansión decimonónica, que ahora es Escuela de Hostelería y ha estado amenazada por el cierre, se encontraron los dos hispanófilos más geniales que dieron las letras en el pasado siglo: Gerald Brenan, vecino de Alhaurín y Ernest Hemingway, que acudió a compartir mesa y tertulia con éste y su mujer en aquel lugar extraordinario que fue ex residencia del representante diplomático de Prusia y por entonces propiedad de Bill y Annie Davis, un matrimonio californiano con los que Hemingway había hecho migas en México.

Brenan por su parte acudía mucho a esta casa, no muy distanciada de la suya, tras haber sido decisivo en su compra y ser un lugar habitual de tertulias y fiestas con otros anglosajones instalados en la zona, como su amigo Cyril Connolly.

Los Davis acomodaron a Hemingway y éste se interesó por el autor de El laberinto español, una novela que le había gustado. Lo hicieron venir. Así ambos personajes se vieron compartiendo mesa y mantel, y sobremesa. Aunque al parecer la tertulia no fue todo lo sabrosa que se esperaría de dos personajes con tanto en común aquella tarde quedó grabada a fuego en la historia del lugar con la Costa del Sol como telón de fondo y atracción trasnochada para estos últimos viajeros románticos.

El propio Brenan en Memoria personal haría un certero retrato de la personalidad de Hemingway apoyándose en las impresiones que aquel almuerzo y dejaría para el biógrafo del estadounidense, Jeffrey Meyers, la clave de esa sobremesa sin feeling. «Era como si, cuando estaba en la sala, no quedase aire para el resto de los presentes», confesó. Y es que aunque concertaron una segunda cita en la propia casa de Brenan, éste confirmó el sentirse cohibido ante una personalidad tan arrolladora como la del autor de El viejo y el mar. «Aunque su actitud hacia mí era amistosa, descubrí que me sentía incapaz de comunicar con él», añadiría en sus memorias.

Allí al aire libre y rodeados de vasos de vino el encanecido Ernest no dejó de contar anécdotas y hasta chistes. Toda su conversación derivaba en su pasión por los toros mientras a ‘Don Geraldo’, como los lugareños le conocían cariñosamente en estos sures, no se satisfizo escuchándole hablar de literatura. El hispanista también lo intentó con la Guerra Civil donde obtuvo largas cambiadas de su homólogo, que despreció las ideas de izquierda y que admitió haber venido a España sólo por su guerra. En una salida de tono marca de la casa.

Según luego contó una testigo excepcional de aquel encuentro, Valerie Hemingway, su nuera, era algo habitual en él: «A menudo le gustaba hacer declaraciones más por el efecto que acusaran que por la exactitud que pudieran contener». A pesar del desencuentro, Brenan, que lo invitó a otro almuerzo posterior en su casa, no le quitó mérito a su figura y dejó una enigmática pregunta en Memoria personal destilada de aquel affaire indigesto. «¿Se había creado Hemingway una máscara y con el tiempo se había identificado con ella?».

Fuente: Francis Mármol. Periódico El Mundo

Share

Comentarios



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *