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El origen del nombre de la calle Cristo de la Epidemia

El origen del nombre de la calle Cristo de la Epidemia

En 1803 una epidemia azotó Málaga y un clérigo anónimo escribió un minucioso diario

En junio de 1803 arribó al puerto una embarcación militar francesa. Tras haber observado la Junta de Sanidad que había varios enfermos con síntomas sospechosos, se procedió a evacuar la tripulación al castillo de Gibralfaro y la embarcación se introdujo en la parte interior del muelle. La tripulación tenía fiebre amarilla, llamada así porque su síntoma principal resultaba ser la ictericia. La ciencia de la época desconocía el origen y el tratamiento adecuado para tratar la plaga, por lo que a la gente no le quedaba otra que el auxilio divino para afrontarla. Y a éste recurrieron habida cuenta de que enseguida la enfermedad se propagó por la ciudad comenzando por el barrio del Perchel. Según el cronista de la Catedral, algunos muchachos del barrio robaron pertenencias de los enfermos y esto provocó el contagio, así como la acción de quien denomina como «un tío Verduras», sobornado por un capitán francés que lo convenció para que lo alojase en su casa, sita en la plazuela de San Pedro, resultando al fin de estar infectado, por lo que en cuestión de días no solo murieron todos sus moradores, sino que los apestados se sucedieron en los Callejones, en las calles de Don Iñigo, de Barragán, en el corralón de Santa Bárbara. Los curas informaron al Obispo de la imposibilidad de enterrar a tantos cadáveres, quejándose además de la fetidez que desprendían. Con esta situación no es de de extrañar que pese a la cuarentena establecida en el barrio y las ingenuas fumigaciones callejeras con azufre y otras sustancias, la epidemia estuviese extendida para finales de agosto por toda Málaga, contándose con una media de setenta muertos diarios, que pasaron a rozar los trescientos al mes siguiente.

Era el momento de que las autoridades tomaran medidas más drásticas. Por lo pronto, las religiosas decretaron que en todas las misas se incluyera las preces previstas en el ritual romano pro tempori pestis. En cuanto a las civiles, delegaron la responsabilidad de combatir el contagio al catedrático del Colegio de Cirugía de Cádiz Juan Manuel Aréjula, que aquí se trasladó al efecto. Como bien estudió Juan Luis Carrillo Martos, este nombramiento provocaría una agria confrontación entre ciencia y fe a cuenta de algunas de las medidas adoptadas por el citado médico para afrontar la pandemia, algo de lo que hay que exculpar al obispo José Vicente Lamadrid, cuya actuación prudente y sujeta al dictamen de los facultativos resultó ser ejemplar.

Ocurrió que, siguiendo las costumbres seculares, se demandaba la organización de una procesión de rogativa hasta el convento de los Mínimos para impetrar la intercesión de Santa María de la Victoria, que junto al Cristo de la Salud solía trasladarse hasta la Catedral para consuelo del pueblo en caso de calamidad. Pero nada de esto pudo celebrarse porque el mencionado facultativo, secundado por el jefe político y militar de Málaga Pedro Trujillo y Tacón, prohibió las procesiones para evitar el posible contagio. Ante esto el cabildo eclesiástico hubo de contentarse con la celebración de una octava en el primero de los templos, para lo cual se trasladaron a su presbiterio a la Virgen de los Reyes y San Rafael.

Un inusual temporal de agua y tormentas que se sucedieron sin descanso entre el 26 al 29 de septiembre vino a avivar la esperanza de que la renovación de la atmósfera acabara con la epidemia, pero lo único que provocó fue el desbordamiento del río Guadalmedina que causó bastantes desastres y la inundación del convento de Santo Domingo. Para colmo de males se produjo escasez de alimentos, ya que los panaderos de Churriana y Alhaurín de la Torre que abastecían a la ciudad no podían atravesar la corriente del río. Las autoridades dispusieron entonces traerlo desde Torremolinos, vendiéndose el género en el compás del convento de Santa Clara a cuatro reales la hogaza.

Si bien la prohibición de organizar procesión alguna ya fue bastante contestada, la indignación entre una porción del clero y el pueblo llano llegó cuando, llegado noviembre y sin experimentar ninguna mengua de la pandemia, se decretó el cierre total de los templos malagueños, incluida la Catedral. Los canónigos se vieron forzados, para no interrumpir el servicio divino, a entrar clandestinamente «por el postigo que va al Sagrario, aunque no se tocaban ni las campanas ni el esquilón». En el transcurso de una de aquellas eucaristías celebrada a puertas cerradas, la del 29 de noviembre, se pudo observar cómo «al decir el presbítero el Dominus vobiscum del ofertorio se le cayó de las manos la espada del San Pablo de la sillería, sin haberla tocado nadie». Algo que fue tomado como una señal tendente a anunciar que la ira de Dios acabaría aplacándose.

El Ayuntamiento para contentar a la gente tuvo que exponer en el cancel de las puertas del edifico consistorial, a la efigie del Santo Cristo de la Salud, considerado como abogado de la peste desde 1649. Más esto no evitó conatos como los registrados en los principales barrios de la ciudad. En el de la Victoria los vecinos, de forma espontánea, pretendieron organizar una procesión en toda regla con el Crucificado de la Expiración, titular de la hermandad de este nombre que se veneraba en la capilla de calle del Agua, sede hoy de la Cofradía del Rescate.

Informada la autoridad del intento, enviaron una tropa de sesenta soldados a caballo que impidieron dicha rogativa con el consiguiente altercado con los devotos. Lo mismo ocurrió en el arrabal trinitario cuando los devotos del Cristo de Zamarrilla intentaron procesionarlo, e igual en Capuchinos, donde se pretendió hacerlo con el Señor del Socorro, venerado en la ermita del Molinillo, actualmente regentada por la Hermandad de la Piedad. La excepción se dio en los Percheles, donde la gente se las ingenió para lograr, al amparo de la noche, entrar en el convento de San Andrés «y sacar en una pequeña urna una imagen de Nuestra Señora del Carmen y la pasearon por todo el barrio cantando el trisagio a la Santísima Trinidad y pidiéndole a la señora el alivio de los vecinos. Eso sin duda, causó más consuelo a los pobres enfermos que los cañonazos mandados a disparar por el gobernador».

Maticemos que esa noche no había en el monasterio ningún carmelita, ya que la comunidad se había trasladado al de Santo Domingo, por haberse dispuesto que el primero albergase a los sospechosos de desarrollar la enfermedad, mientras que los convalecientes se repartían entre los hospitales sitos en las Atarazanas, Merced, San Juan de Dios y la Trinidad. Esas resoluciones sumadas al establecimiento de estrictos cordones sanitarios y la construcción de lazaretos, cementerios y quemaderos, debieron acrecentar en buena medida un ambiente verdaderamente dantesco.

Crucificado

Precisamente al 26 de noviembre, habiendo fallecido una monja del convento de la Paz, se procedió al traslado de todo su utillaje para ser destruido en una de aquellos improvisados crematorios. Entre ellos se encontraba un Crucificado de tres cuartas de tamaño, siendo cargado en el carro pese a que el alcalde del distrito había manifestado que le daba reparo entregarlo al fuego.

Según se detalla en la crónica, al llegar a la altura de «la fuente de los Tejeros», se paró la mula a beber, aprovechando el hombre para depositar la imagen sobre la misma. Al día siguiente, los malagueños interpretaron lo sucedido de milagroso, acudiendo en tropel a aquel sitio para venerar al Señor que, para 1867, era titular de la Hermandad del Santo Cristo de la Epidemia, advocación que sigue dando nombre a una de las principales arterias del barrio de la Victoria.

Por fin la plaga se dio por concluida para el 20 de diciembre, reabriéndose las iglesias después de su fumigación.

El Santo Cristo de la Epidemia fue quemado en los sucesos de 1931.

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