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El inglés de la peseta

El inglés de la peseta

De nombre George Langworthy, y de apodo ‘El Inglés de la Peseta’, un militar nacido en Mánchester en 1865 y que llegó a Torremolinos a finales del siglo XIX acompañado de su esposa, Ann Margaret. A su llegada a este pueblo de pescadores y casas bajas blancas, quedaron prendados de un castillo situado en la colina que separa el Bajondillo y La Carihuela. Hoy conocido como el Castillo Santa Clara y convertido en apartamentos, este matrimonio inglés adquirió esta parcela de Doña Luisa Darrien y se produjo la transformación de un Cuartel de Carabineros en una residencia con amplios jardines y envidiables vistas al mar de aquella construcción, erigida a mediados del siglo XVIII para frenar el avance de los piratas después de que la quema de casas y molinos resultara devastadora para el entorno unos años antes, era el Castillo de Santa Clara, simiente del primer gran hotel de la Costa del Sol. Langworthy contrató a varios trabajadores del campo y asistentes y se ocupó de rodear el inmueble de grandes jardines y de dotarlo de miradores sobre el mar. Sin saberlo, estaba dando los primeros pasos en la historia del turismo torremolinense.

Sin embargo, la felicidad duró poco. En 1913, con 40 años de edad, Ann Margaret falleció, lo que sumió a Langworthy en la desesperación. Como oficial inglés en servicio, tuvo que ir al frente de la Primera Guerra Mundial. Lo que allí vio lo llevó a abrazar la religión cristiana y una vez que regresó a Torremolinos dedicó el resto de su vida a ayudar a los más necesitados. Acogió en su hogar a pobres, enfermos y vecinos con pocos recursos, a los que socorrió y sacó del apuro diario entregándoles una peseta a cambio de la lectura de algún pasaje de la Biblia.

Cuando el viento de Levante arreciaba, Don Jorge repartía una peseta de plata por cada uno de los hombres que quedaban en tierra, un gesto que no sólo les libraba del peligro de probar suerte aguas adentro, sino que garantizaba el sustento de las familias para una semana entera. De aquella ayuda caída no del mar sino del cielo cuando la Primera Guerra Mundial comenzaba a hacer estragos en los mapas de estrategia y en los estómagos apenas quedan testimonios directos, pero muchos de los hijos y nietos de aquellos pescadores no han olvidado al bueno de Jorge.

Por todo ello, George Langworthy fue un vecino muy querido por los torremolinenses. Cuentan las leyendas que su generosidad derivó en la pérdida de unos doce millones de pesetas en poco más de quince años. Ante esta situación, en 1930 aceptó alquilar su hogar, su castillo, para transformarlo en un hotel-residencia, conocido como el Hotel del Inglés.

En agradecimiento a su generosidad, el 15 de mayo de 1918 fue reconocido como el primer Hijo Adoptivo y Predilecto de Torremolinos. Finalmente el 25 de abril de 1946 falleció rodeado de sus empleados. Fueron los lugareños quienes quisieron acompañar al féretro hasta el Cementerio Inglés de Málaga, donde descansa junto a su mujer.

A largo de la historia se ha considerado a George Langworthy, propietario del Castillo Santa Clara, como el pionero del turismo de la Costa del Sol. Sin embargo, la historia es bien distinta, fue Margarita Horn y Taylor, nacida en 1885 en el seno de una familia militar, quien arrendó este lugar al ‘Inglés de la Peseta’ y puso en marcha el que se considera el mejor y uno de los más antiguos hoteles de la Costa del Sol. El de Santa Clara no fue el primer hotel de la zona, porque por entonces ya existía el Campo de Golf de Torremolinos, actual Parador de Málaga Golf, pero sí el que adquirió fama con mayor celeridad. Luis Cernuda, guiado por los malagueños Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, fue uno de los primeros residentes ilustres del castillo y su estancia durante el verano de 1928 inspiró el relato El indolente. El Castillo de Santa Clara adquirió el nombre de Hotel Costa del Sol y siguió recibiendo huéspedes durante años. La apertura del Pez Espada, el primer gran establecimiento hotelero de cinco estrellas y buque insignia de la hostelería de la provincia, propició la llegada de estrellas como Ava Gardner, Marlon Brando o Grace Kelly y Rainiero de Mónaco.

Mención aparte merece la visita de Salvador Dalí y Gala Eluard, invitados al Castillo de Santa Clara también por los poetas impulsores de la revista Litoral. La musa del genio catalán, díscola y libertaria como siempre, en un gesto que descorchó el descaro que acabaría siendo el gran reclamo turístico de la zona, se retiró la parte superior del traje de baño para dejar sus pechos al aire en el primer topless de la historia de la Costa del Sol, felizmente inmortalizado en una fotografía.

Torremolinos era en aquella época un hervidero de anécdotas. Allí, lejos de donde era previsible que sucedieran grandes acontecimientos y aterrizaran estrellas y aristócratas, Anthony Quinn tocaba el saxo junto a una banda municipal, Frank Sinatra acabó en comisaría tras una pelea con un fotógrafo en el mítico Pez Espada, Kirk Douglas no faltaba a su cita diaria con la discoteca Tiffanys y Brigitte Bardot se paseaba desnuda por las playas de El Bajondillo ante el gesto atónito de vecinos y visitantes.

No tardó mucho en llegar el turismo de masas. El litoral se pobló de nuevos hoteles, quizá más modernos y cómodos, probablemente con menos encanto, pero en los inicios del turismo en Torremolinos siempre seguirán escritas con letras de oro historias como la del inglés que regalaba monedas de plata o la de los pechos al descubierto de Gala Dalí, anécdotas sobre las que se construyó uno de los municipios más visitados del país y que hoy despiertan una extraña nostalgia.

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